​​​​​​CDMX a 01 de julio de 2020.- Desde 1959, por decreto presidencial se conmemora la Fiesta del Bosque durante todo el mes de julio, por ser estos ecosistemas indispensables para la conservación de la vida en el planeta al producir oxígeno, captar agua, conservar el suelo, regular el clima y constituir el hábitat de infinidad de especies de flora y fauna.

El objetivo de la celebración es enaltecer las funciones de estos ecosistemas, divulgar y realizar métodos de protección y aprovechamiento forestal; establecer, restaurar y ampliar zonas boscosas y concientizar a la sociedad en general sobre cómo los árboles intervienen en nuestras vidas desde el ámbito ecológico, social y económico.

A los bosques también se les festeja porque constituyen una maquinaria natural para la captura y almacenamiento de carbono que contribuye a la mitigación del cambio climático, servicio ambiental más que necesario cuando la temperatura global aumenta inexorablemente.

La ubicación geográfica de México entre dos océanos, su orografía, variedad de climas y otros factores, le confieren una extraordinaria diversidad de estos ecosistemas: bosques tropicales perennifolios –selvas altas y medianas perennifolias y subperennifolias–, bosques tropicales caducifolios –selvas bajas y medianas caducifolias y subcaducifolias y selvas espinosas–, bosques mesófilos de montaña, bosques templados de coníferas y latifoliadas, matorrales xerófilos de  climas áridos y semiáridos, pastizales –pradera de alta montaña y sabana–, y humedales –manglares, bosque y selva de galería, entre otros.

Pero ¿qué ha sucedido con la riqueza boscosa de México en las últimas décadas?

En su libro Ecocidio en México: la batalla final es por la vida (Grijalbo, 2015), el etnoecólogo Víctor M. Toledo advertía que entre 2010 y 2015, por el cambio de uso del suelo, la tala ilegal y los incendios forestales se arrasaron anualmente 190 mil hectáreas de bosques y selvas, matorrales y otras formas de vegetación, lo que evidenciaba una deforestación imparable.

Hoy responsable de la política ambiental de México, Toledo observa procesos de destrucción entre los proyectos de muerte y los proyectos de vida, y explica que la devastación de bosques, selvas, matorrales y otras formas de vegetación impacta y afecta la reproducción de la vida humana y no humana de diferente forma y con diferente intensidad, y al mismo tiempo desencadena reacciones de conjuntos sociales que se ven impulsados a organizarse para emprender defensas y resistencias diversas.

Y ante la crisis alimentaria propone recurrir al patrimonio biocultural de México, donde confluyen alta diversidad biológica y diversidad cultural y agrodiversidad, así como una larga historia de interacción, cuyas manifestaciones de diversidad biocultural son los paisajes y sistemas agrícolas y agroforestales intencionalmente creados que integran el manejo del agua, el suelo, los cultivos, la vegetación y los animales, los procesos de domesticación y el manejo de alrededor de 5 500 especies de plantas útiles, y las formas de organización de los pueblos de México en relación con el manejo agrícola y forestal.

En el inicio del Mes del Bosque 2020 es pertinente recapitular sobre los tradicionales modelos de producción agroforestal que practican exitosamente diversas comunidades indígenas de México, desde el norte del país hasta la Península de Yucatán.

La propia Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) reconoce el potencial de la agroforestería para mejorar la sostenibilidad y la resiliencia de los paisajes degradados, al suministrar muchos servicios ecosistémicos y constituir una herramienta adecuada para la restauración del paisaje porque puede mejorar las características físicas, químicas y biológicas del suelo y, por tanto, aumentar su fertilidad, controlar la erosión y mejorar la disponibilidad de agua.

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